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Single Lady capitulo 1

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Single Lady capitulo 1

Mensaje por CHOCOLO el Sáb Oct 24, 2009 1:46 pm

1- El Compromiso

Era de conocimiento público que, varias ciudades a lo largo de Amestris
se habían asociado para derrotar la guerra sanguinaria, injusta y cruel
que se había desatado para que estas mismas pasaran a ser parte de ese
país que estaba en conquista. Varios rebeldes se habían levantado en
contra de aquellos ideales y con la ayuda de aquellas ciudades y
después de meses de muerte, hambre y peste todo había terminado.

El legado del antiguo monarca había terminado y los rebeldes habían
coincidido en subirlo a él como su rey. Roy Mustang el héroe de guerra
y ahora, el nuevo rey justo de Amestris y Fluhrer de las fuerzas
militares del mismo.


Lo único que el nuevo rey había olvidado, era el acuerdo de aquella
alianza. Deseaban una paz prospera para sus ciudades. El rey debía de
concedérselas y para que sus promesas no se olvidaran, este debía
desposar alguna princesa o príncipe común de aquellas ciudades, para
que en su descendencia, la sangre de aquellas naciones y la de Amestris
misma, permanecieran en aquel trono.


Roy sabia que de nada valía el relevarse, aun y cuando él ya hubiese
pensado en quien quería como su reina. Era ella, su fiel compañera de
guerra, Riza Hawkey. Pero con aquella alianza, esa unión quedaría
truncada.

Roy gruño recordando que tan solo unas pocas horas antes, había llegado
un edicto, redactado y firmado por los reyes, emperadores y presidentes
de las naciones aliadas donde, se formalizaba su unión con las demás
naciones, así como también el compromiso donde él, el rey Roy Mustang,
desposaba al príncipe Edward Elric de los reinos aliados a Amestris en
un plazo no mayor a un mes a partir de aquel día.


¡Demasiado precipitado!

Aun era demasiado temprano para beber, lo sabia, pero únicamente un
vaso de helado wisky, era lo único que lograba quitarle el molesto
dolor de la migraña. Oh, pero parecía que la misma no deseaba
quitársele, ni siquiera cuando ya llevaba mas de tres vasos. Se estaba
negando, mas que dolor de cabeza era incomodad lo que sufría. La última
plática con Maes no le había sentado nada bien. Había tratado una vez
más de abordarlo para darle ánimos y alentarlo a disfrutar de los
preparativos de lo que seria su boda.


Iba a ser muy feliz le había dicho.


¡Que equivocado estaba!


¿Cómo podía ser feliz si a fuerza le estaba casando?


Nunca le había agradado la idea de matrimonio y había huido de las
muchas que habían deseado cazarlo. Y entonces la guerra se había
presentado. Mostrándole la crueldad y la desesperanza de la misma y
cuando la misma había acabado, había encontrado a la mujer perfecta,
esa que le había hecho soñar con noches y días juntos, donde habría una
casa, uno o dos niños y tal vez un enorme jardín y un perro que
correteara por ahí, deseaba casarse.


Ansiaba hacerlo y cuando antes, pero llego entonces su subida al trono y con ello, la destrucción de todo lo que había soñado.


¡Madito fuera!


Llegar a disfrutar ese matrimonio arreglado.

No, ni para que pensarlo. No iba a ceder a ello.


Ni cuando ese tal Edward fuese noble y atractivo e inteligente. Roy no
lo había elegido a él para ser su príncipe consorte, a Edward lo habían
elegido los pueblos aliados para casarse con él. Pero debía de hacerlo
aunque no quisiera. Después de todo el acuerdo político por sobre todas
las cosas debía acatarse.


Bufó molesto y sus dedos se arrastraron por el escritorio hasta la
botella de wisky, dispuesto a tomarla y rellenar una vez más el vaso.
La jaqueca volvía y más fuerte. Más antes de que pudiera tocarla
siquiera se escucharon tres suaves golpes sobre la puerta de su oficina.

— Pase — Siseo acomodándose en su enorme sillón de cuero. La puerta
solo se abrió levemente y se pudo escuchar entonces la fuerte voz de un
sirviente, que no osaba en entrar en los recintos privados de su
monarca — El General de Brigada Maes Hunges, manda decir que
efectivamente la caravana que había entrado a las calles hace media
hora atrás, pertenece a las ciudades Aliadas y en las mismas viene el
Príncipe Edward —


— Bien, entonces preparen todo para recibirles — su voz era ronca
aunque calmada — En unos momentos iré a acogerle — solo recibió una
reverencia y después la puerta fue cerrada dejándolo una vez mas
hundido en un completo silencio.

Ya estaba ahí, finalmente y antes de lo que esperaba. ¿Es que acaso el
príncipe se encontraba ansioso por desposarle? Así parecía.

Roy se masajeó la frente enterrando sus dedos en la carne, para luego
pasarlos por sus parpados cerrados y nariz. Se suponía que nunca nadie
le había impuesto nada en su vida, absolutamente todo lo había
realizado según sus propios deseos y ahora la corona le había impuesto
un deber que no quería.


Pero la decisión, ajena a él mismo ya estaba tomada.


Ya no podía echarse para atrás, ya no.

† “•” †


El príncipe perfecto de graciosa belleza y enigmáticos ojos tan dorados como su cabello rubio.


Todo un erudito, necesario para el pueblo.

Y un joven alquimista con un prometedor futuro, perfecto para el ejército.

Aquellos habían sido los elogios mas destacables que los nobles
cercanos al rey habían cuchicheado entre si en la Sala del Trono horas
antes. Ella los había escuchado con claridad, a pesar de haber estado
casi escondida en uno de los pasillos contiguos a la sala. No había
entrado aunque tuviese todo el permiso para hacerlo.

La corte entera de los nobles mas destacados y los mandos mas cercanos
al Fluhrer habían sido convocados para escuchar el edicto de las
naciones aliadas y ella por ser coronel fue solicitada también y aunque
en un principio había estado en las primeras filas, le fue imposible
permanecer en el recinto cuando las puertas de las oficinas del rey se
habían abierto, para darle paso al monarca.


En esa reunión, se leería el acta donde perdía para siempre la
oportunidad de ser feliz con el hombre que amaba. No había estado aun
preparada para ello, por ello había salido corriendo casi al mismo
instante en que el rey entraba en la estancia. Pero se había quedado
ahí, afuera de la sala, escuchando todo tan lejano y muy apenas, como
si solo se tratase de un susurro.

Uno que podía decir que no había escuchado, acallado por cualquier leve viento, pero que estaba de más, engañarse con ello.

Lo supo en ese momento, cuando sus ojos rojizos habían visto por
primera vez, al pequeño príncipe rubio que con maestría montaba un fino
corcel blanco acercándose al castillo, escoltado por la guardia
personal del rey y siendo guiado junto a toda su comitiva por el mismo
General de Brigada Maes Hunges, su casi mano derecha y entrañable amigo
desde la infancia y mas allá de la guerra.

Riza lo miro, con sus rojizos ojos memorizando al pequeño chico que
bajaba de un solo salto grácil del caballo. Una de sus perfectas cejas
rubias se arqueo cuando escuchó el sonido sordo del un metal golpeando
el suelo, mas lo atribuyo a que tal vez, alguno de los caballos de
aquel tropel, había sonado sus cascos.

Ese príncipe que le parecía no más que un niño, iba a quitarle el lugar que le pertenecía.


Ese niño se casaría con Roy, con su Roy.


Sus cejas se fruncieron más que coléricas y sus dientes crujieron de
solo pensarlo. Ese príncipe no era más que un maldito ladrón. Apretó
sus puños con fuerza, sabia que actuaba mal, pero no podía más que
sentir odio por el rubio frente a sus ojos que, ajeno a su riguroso
escrutinio, sonreía amable y miraba el castillo deseoso e impaciente
mientras prestaba poca o nula atención a las palabras del General de
Brigada.

— ¿Así que ese es el príncipe Edward? —

Riza parpadeo confusa ¿En que momento el Teniente Primero Jean Havoc
había llegado ahí, tan cerca? Todavía en shock y sin demostrarlo
ocultándose en su característico rostro inmutable, asintió y vio como
los ojos celestes del rubio dejaban de mirarla para dirigirlos una vez
mas hacia el príncipe recién llegado.

Havoc inhalo fuertemente quemando un buen trozo del cigarrillo que
portaba siempre en sus labios, para luego arrojar fuera de su ser el
grisáceo humo del mismo. Casi suspiró decepcionado observando al rubio
frente a ellos. Vaya, no era tal y como todos lo describían.

Bueno había creído que era un poco más… alto.

— Hum… ¡Con razón tal bullicio en las calles! — acoto el rubio, ahora
mirando a las multitudes que empezaban a formarse en las calles
aledañas al castillo.


Sabía que las gentes de Amestris, en especial los sectores de la
población más pobres, adoraban al reino de Rizenbul por la amabilidad
con la que los habían acogido durante la guerra. La mayoría llevados
ahí por el mismo rey de aquel pequeño reino. Había escuchado historias
de cómo los alquimistas de aquella nación los habían curado y protegido
y también habían luchado por ellos cuando la misma guerra llego hasta
sus tierras.

Pero a ese pequeño rubio, no lo había visto jamás en la guerra.


El cabello negro y crespo llamo entonces su intención y viró sus ojos
al dueño de los mismos, que apenas y contenía su larga cabellera atada
con un lacito blanco. Lo vio acercarse al príncipe y susurrarle algo
confidente a lo que el pequeño asintió animadamente.

— ¡Oh! Viene acompañado del mismísimo Príncipe Lin Yao de la nación de
Xing — Havoc notó entonces las numerosas carrozas a lo largo de la
acera — Me pregunto si vendrán algunos mas de los soberanos de las
naciones aliadas en esas caravanas

— Puede que la princesa Lyla venga también — siseo animado casi
frenéticamente, logrando que con ello el cigarrillo de sus labios
resbalara y cayera a un lado de sus botas oscuras — Me han dicho que es
muy hermosa y me gustaría… —

— Nos vamos — soltó la rubia cansada dándole la espalda.

— Pero, pero…—

¡Ha!

Quería quedarse aunque fuera un poquito mas para poder ver a que otro soberano o princesa, si le iba bien, podía conocer.

— Aun hay trabajo pendiente que hacer en el cuartel — finalizo
escuetamente, dándole a entender al Teniente que no habría poder alguno
que lo salvara de hacer su trabajo.


¡Que malvada era!

La rubia se detuvo y echo una última mirada hacia el príncipe. No pudo
evitar que sus ojos rojizos brillaran con aborrecimiento al ver las
atenciones que el pueblo le brindaba, todas aquellas atenciones que
pudieron haber sido suyas. Le toco el corazón y al mismo tiempo le
lleno de apatía verlo regresarle un beso casto a una ancianita que le
había besado primero a el en la mejilla.


Tal vez fuese un niño, amable y generoso, pero no podía dejar de
aborrecerlo. Riza negó con la cabeza antes de volverse y andar hacia su
compañero que avanzaba lloroso y sollozante como un pequeño por el
suelo empedrado.

† “•” †

Habían caminado entonces por interminables pasillos, hasta que la
amable jovencita a la que seguía, se había detenido finalmente frente a
la que seria su habitación. Casi oculta en lo mas profundo del
corredor, lo mas lejana posible de los demás aposentos. En el interior
del mismo lo recibió una pieza, demasiado frívola para su gusto
sencillo, pero que seguramente había sido decorada pensando
exclusivamente en él.

La cama enorme al centro de la alcoba, con doseles altos adornados con
nítidos y transparentes encajes. Un cambiador y un peinador, al igual
que una mesita con dos sillitas a fuera en el acogedor balcón.

Despidió con una suave seña a la muchacha y esta le deseo una buena
noche, comunicándole también que sus pertenencias, así como sus ropas
se encontraba ya acomodadas en los muebles y el cambiador para disfrute
de su estancia.

Solo hasta que la puerta fue cerrada y quedó solo en la colosal
habitación, fue que, sintió la dolorosa opresión que sentía en el
pecho. Empezó a respirar con fuerza, hasta que un hipo comenzó a cortar
su respiración, mas se negó rotundamente a dejar que los ojos se le
llenaran de humedad. Transformando el dolor en una corrosiva rabia.

Aun no sabía exactamente que era lo que había pasado en la Sala del Trono.

Toda la corte había estado presente y expectante, habían fijado sus
ojos extasiados, únicamente, en su persona. Pero únicamente él había
tenido ojos para el rey de Amestris sentado en su trono y que había
evitado fijar sus ojos en su pequeña persona. Parpadeo por un instante
y al siguiente los penetrantes ojos del pelinegro estaban clavados
sobre los suyos.

Casi lo vio fruncir el cejo y arrugar la nariz en un claro gesto de
disgusto, cuando su mirada azul oscura le recorrió por completo de la
cabeza a los pies, para luego ladear levemente la cabeza y regalarle la
más irónica de sus sonrisas, curvando burlonamente sus delgados labios.


No pudo evitar sonrojarse vejado, sin saber exactamente el porque al
verlo y aunque en un principio se había sentido mas que indignado. Se
había tragado a puños, palabras que iba a soltar contra el rey por el
despotismo hacia su persona, al ver a quien fuese su acompañante y
mejor amigo, adelantarse caminando lo que faltaba para llegar hacia el
frente del trono.

Le siguió negándose a dejarlo ir solo a su encuentro, tratando por
todos los medios de hacerlo con toda la elegancia que poseía al mismo
tiempo que luchaba con un nerviosismo primario que amenazaba con
hacerlo tropezar por el suelo de alfombra roja.

A regañadientes y casi siendo jalado por Ling se obligó a presentar sus
respetos hacia el rey y tuvo que morderse la lengua para acallar un
chillido escandalizado, cuando que el mismo, se había levantado del
trono y le tomó de la mano sin su permiso. Lo vio inclinarse apenas
antes de besarle suavemente los nudillos, un leve temblor le recorrió
al sentir sus labios fríos contra su piel y alejo su mano con violencia
momentos después, cuando sus ojos se encontraron una vez mas con los
suyos y le vio sonreírle de la misma manera contra el dorso de su mano.

¡Nadie lo había notado, ni siquiera el mismo Ling que estaba a su lado!

— Sean bienvenidos a Amestris — había dicho girándose hacia el otro
pelinegro, estrechando en un calido saludo su mano y lo vio sonreír
entonces de forma natural y sin ningún resentimiento hacia su amigo —
Espero que su estancia en mi castillo, sea placentera —

Se había sonrojado nuevamente, aunque esta vez fuese de puro abochorno.
Pues aquel gesto del rey le había cautivado. Nunca había visto alguna
imagen suya y todo lo que los demás contaban de su rostro bien parecido
y de su magnifico cuerpo, se quedaban realmente a medias. Era mayor
para él, aunque no tan viejo como algunos comentarios mal intencionados
le habían hecho creer. Se sonrojo un poco mas, el rey para su gusto
estaba más que perfecto.

Todo hasta aquellos momentos había estado más que excelente.

Lo peor apenas y había empezado cuando, solícitamente el rey lo había
conducido por un estrecho pasillo hasta, la oficina privada en la que
trabajaba. En un suplicio aplastante, el rey que se había comportado
amable y cortes con los príncipes y la corte, ahora aprovechándose de
la complicidad de la solitaria habitación se abalanzó en su contra
censurándolo.

Eres demasiado joven, un niño que tal vez no pase de los catorce años

Edward no había podido hacer nada mas que quedarse callado, con la
mirada baja, observando fijamente a los puños en que se habían doblado
sus manos. Claro que era muy joven, pero en pocos días cumpliría ya los
diecisiete años, la edad necesaria en Rizenbul para casarse.

Eso era algo de conocimiento general ¿Acaso no lo sabia el rey de Amestris?

Luego llego la eterna cuestión de que era hombre. Vaya, si el rey no se
lo hubiese dicho antes, tal vez no se habría dado por enterado de ello.


¡Patán!

Pero lo que le había trastocado de una forma en la que jamás lo hubiese creído había sido después de aquella frase.

No se si lo sabias, pero iba a casarme con otra persona y no puedo hacerlo porque ahora estoy obligado a casarme contigo

Había parpadeado varias veces mirándolo incrédulo, aunque sabia que
estaba de mas. Con las primeras dos afirmaciones en su contra, tenia ya
una leve idea de lo que ocurría. Estaba buscando excusas fundadas y
fuertes para disolver su compromiso y evitar el acuerdo de la alianza.

No yo deseo nada de esto y no quiero separarme de Riza

— ¡Desgraciado! — gruño recordando sus palabras.

No me alejare de ella aun y cuando este contigo

— ¡Maldito! —

Y no me importa lo que los demás crean conveniente, a mi parecer ahora y siempre haré lo que me plazca.


— ¡Bastardo! —

Pero por el bienestar de Amestris y de su gente, me casaré contigo

— ¡Maldito bastado ególatra! — grito a todo pulmón, sin importarle si alguien le escuchaba.

Se había contenido todas las ganas de asestarle un buen puñetazo en ese
mismo momento, pero se había frenado justo a tiempo. Su compromiso con
el rey de Amestris era una fachada bien elaborada que la alianza de
pueblos había creado como tratado de paz entre sus tierras.


…l lo sabía más que de sobra y aceptaba todo aquello también, en
bienestar de sus pueblos. Pero no se ensalzaba jubiloso en ese
sacrificio en beneficio de las demás personas como el rey Mustang lo
hacia. Por un momento se había atrevido a pensar que tal vez, el rey
miraba con buenos ojos la unión entre ambos, pero las cosas así no eran.


Se casarían, pero dudaba que algo bueno surgiera de ello.

CHOCOLO

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Re: Single Lady capitulo 1

Mensaje por nekotsuki uchiha el Miér Oct 28, 2009 6:41 pm

sigue sigue sigue wiiiiiiiiiiiiii yaoi yaoi nyyyyyaaaa

nekotsuki uchiha

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